El embajador ateo que desafió al Vaticano

El embajador ateo que desafió al Vaticano

por | Ene 24, 2024 | DOCUMENTOS, MEMORIA HISTORICA

Un estudio analiza la obra de Gonzalo
Puente Ojea, diplomático español
destinado en la Santa Sede en los ochenta El embajador ateo que desafió al Vaticano
(Cienfuegos, Cuba, 1924-Getxo, 2017), fue también un político que siempre decía lo que pensaba. Lo hizo cuando, como subsecretario del Ministerio de Asuntos Exterio­res en el primer Gobierno de Feli­pe González, en 1982, redactaba informes sobre cómo abordar la transición desde el nacionalcatoli- cismo franquista a un régimen lai­co. Cuando González sustituyó en Exteriores a Femando Morán por Francisco Fernández Ordóñez, Puente Ojea cesó en el cargo y pidió ir a Roma como embajador ante la Santa Sede. Al papa Juan Pablo n le enfadó en 1985 que España solicitase el
Juan Pablo II se enfadó por tener que acoger a alguien que no creía El colmo para el pontificado fue que se divorciase y se casara de nuevo Juan Pablo II se enfadó por tener que acoger a alguien que no creía
El colmo para el pontificado fue que se divorciase y se casara de nuevo.
(Cienfuegos, Cuba, 1924-Getxo, 2017), fue también un político que siempre decía lo que pensaba. Lo hizo cuando, como subsecretario del Ministerio de Asuntos Exterio­res en el primer Gobierno de Feli­pe González, en 1982, redactaba informes sobre cómo abordar la transición desde el nacionalcatoli- cismo franquista a un régimen lai­co. Cuando González sustituyó en Exteriores a Femando Morán por Francisco Fernández Ordóñez, Puente Ojea cesó en el cargo y pidió ir a Roma como embajador ante la Santa Sede.
Al papa Juan Pablo n le enfadó en 1985 que España solicitase el plácet para acoger a un ateo, pero acabó aceptando.
Dos años más tarde, Puente Ojea anunció que se divorciaba para volverse a ca­sar. El Vaticano desató entonces los jabalíes de la maledicencia. Lo sorprendente fue que el ministro cedió a las presiones y retiró del cargo, de malas maneras, al emba­jador. Puente Ojea no se amilanó; al contrario, decidió desvelar has­ta los más escabrosos secretos de disputa tan poco religiosa en Mi embajada ante la Santa Sede. Tex­tos y documentos, 1985-1987. No es anécdota intrascendente el que un cardenal de la Curia le re­conociese los vicios del cuerpo di­plomático y de no pocos cardena­les, aunque “en fin, no son castos, pero son cautos”. En El desafío ateo de Puente Ojea se analiza cómo se produje­ron las resistencias del Papa a aceptar a un ateo como embaja­dor, y también las circunstancias en que se produjo la posterior hu­millación del Estado. Lo que más le dolió a Puente Ojea fue que Fer­nández Ordóñez no lo defendiese cuando el asunto llegó al Congre­so. Por el contrario, el ministro lo denigró. “Sobre mi persona y las circunstancias de mi cese se han acumulado, con el mayor desorden en de la mente y una delirante incoherencia narrativa, toda suerte de toda suerte de falsedades, disparates y difamaciones” escribió.  
¿Fue consciente de que pedir la embajada ante el Vaticano era meterse en la boca del lobo? Ló­pez Muñoz tiene su teoría. “Puen­te Ojea solicita esa embajada co­mo ejercicio de coherencia y res­ponsabilidad del funcionario di­plomático servidor del Estado y al Gobierno socialista que lo nom­bró, es decir, como defensor de la legalidad de su país con lealtad y eficacia”, dice. En cambio, Puente Ojea sí era consciente de que iba a enfrentar­se a una “negación represiva con­tra el ateísmo”. Lo había dejado por escrito: “Nadar contra co­rriente en cuestiones que se con­sideren fundamentales —y es de modo eminente el caso cuando se trata de religión— no equivale a contrastar ideas o conviccio­nes, sino a condenarse al aisla­miento, la marginación o el olvi­do. No suscita el diálogo, sino el silencio, la muerte civil, la supre­sión simbólica”. Tachar a Puente Ojea como “el embajador del ateísmo” era una rectificación de­masiado burda de los usos de la diplomacia. Para ser embajador en la Unión Soviética no era nece­sario ser comunista. Con meticulosidad extraordi­naria y estilo ameno, López Mu­ñoz aporta todos los términos de la disputa. Su conclusión es que el embajador desarrolló el cargo adoptando “una postura equili­brada, prudente, honesta y dialo­gante con las autoridades vatica­nas, con las ideas muy claras”. El autor también resume cómo “fracasaron estrepitosamente [anteriores gobiernos] frente a la intransigente y airada reacción pontificia, que hizo patente una vez más su resolución de acoger a representantes diplomáticos espa­ñoles solamente si eran creyentes y católicos obedientes”. Lo cierto es que Puente Ojea regresó a Ma­drid, pidió la jubilación y, en me­dio de una atención mediática ex­traordinaria en los principales medios europeos, se centró en es­cribir e influir de manera impor­tante en el debate religioso y con­fesional en una España “inhóspita y dolorida”, según frase de Enri­que Tierno Galván, el otro gran intelectual ateo del momento.  Galván, el otro gran intelectual ateo del momento.