Un país que se va a la mierda

Un país que se va a la mierda

por | Jul 12, 2025 | COLABORADORES, CULTURA ATEA Y LIBREPENSADORA

Un país que se va a la mierda

Tomás F. Ruiz

Tras la vergonzosa puesta en escena del pleno extraordinario sobre corrupción que nos han ofrecido desde el Parlamento, ese bochornoso y esperpéntico espectáculo que no ha hecho sino confirmar, más que cualquier otro escándalo, que la corrupción está enquistada en este país como una garrapata, ha quedado bien claro que los corruptos siempre ganan y que la corrupción es una práctica aceptada y promocionada por todo el espectro político que conforma este país.

No hay que ser un lumbreras para darse cuenta de que estamos ante un estigma profundamente enquistado en nuestro tejido político y social. Es como navegar en un navío a la deriva, en una patera desahuciada que hace aguas por doquier y a la que no auxilia ningún barco de rescate. Y esta corrupción isquémica que nos afecta, especialmente fomentada por la clase política y los empresarios sin escrúpulos (esto es, la mayoría de empresarios que operan en España) está, además, confirmada en la urnas. Es una corrupción tan enquistada en nuestra idiosincrasia que se ha convertido en un cáncer letal que no desparecerá mientras continúe operativo el sistema ilegítimo de gobierno que se nos impone: la corrupta monarquía que heredamos de Franco y que ha permitido a Juan Carlos I convertirse en símbolo universal de la corrupción española, un estigma que ha pasado irreversiblemente a su actual heredero, el no menos ilegítimo e impune monarca Felipe VI.

Psoe y PP son los principales maestros de esta repetitiva, descomunal y premeditada red de corrupción que nos afecta; por supuesto apoyados por sus aliados en el desgobierno: Izquierda Unida (un comunismo que, de tan desleído para no dar miedo a la gente, ha perdido ya su sentido social, histórico y económico), la coalición de Podemos (autoproclamados izquierda parlamentaria, que cambiaron sus incómodas tiendas de campaña en la Puerta del Sol por lujosas casas unifamiliares y suculentos sueldos de diputados) y Vox (una peligrosa ultraderecha, xenófoba y desaprensiva, que aspira a seguir los pasos del nacional socialismo en la Alemania de los años 30). Estos son, además del todo el resto de diputados que ocupan los escaños del parlamento, los artífices de una trama de corrupción tan extendida como activa, que nos afecta como un cáncer terminal y que nos acerca cada día más, ante el mundo, al estado de un país tercermundista.

Los señores diputados, aposentados como aves carroñeras en sus escaños del parlamento, se rasgan las vestiduras como fariseos cada vez que la corrupción les toca. Ese grotesco gobierno sin escrúpulos, esa esperpéntica oposición que aparenta oponerse y pacta en secreto para mantener intocables sus privilegios, esa trama de corrupción sistémica de la que todos maman sin decoro, como Rómulo y Remo lo hacían de la loba romana, son los artífices del tumor canceroso que padecemos. Cada vez tienen menos crédito y cada vez les cuesta más convencer al electorado de que trabajan por el ciudadano; cada vez les resulta más difícil ocultar su auténticos objetivos: esquilmar las arcas del Estado sin ningún escrúpulo, robar dinero público a través de todo tipo de intrigas y maquinaciones, y conseguir suculentas comisiones de empresas favorecidas por los gobiernos alternos que padecemos (quítate tú p´a ponerme yo, que dice el bolero).

En su desmedida codicia, a veces los políticos corruptos calculan mal los pagos encubiertos que tienen que pasar a sus compañeros de rapiña, estos se enfurecen cuando lo descubren y les destapan el pastel, castigándolos con el escarnio y la vergüenza ante la opinión pública.

No olvidemos que la corrupción no es espontánea, sino que se mueve en unos parámetros que no hay que saltarse “a la torera”. Es primordial tener siempre contenta a la judicatura; ellos son los administradores de la justicia y, como tales, también se quieren llevar su parte del pastel… ¡Faltaría más! Jueces, magistrados y presidentes de altos tribunales se enfurecen mucho cuando les intentan escatimar los nada pingues beneficios que les corresponden en las tramas de corrupción que operan bajo su aquiescencia. Como se consideran los defensores de un Estado de derecho, desde donde disponen de independencia para hacer y deshacer cuanto les venga en gana, los representantes de nuestra espuria justicia detienen, procesan y condenan a todos aquellos que no les hicieron llegar el sobre bien lleno de billetes. Cuando intentan engañarlos, los jueces ponen a punto su batería de leyes, operativas sólo cuando ellos lo consideren oportuno -especialmente la “ley del embudo”- y los despedazan como castigo. Hay veces que este “desajuste” en el reparto del botín afecta incluso a sus propios estamentos, como tuvimos ocasión de comprobar recientemente con la inculpación de uno de los más altos maestros de ceremonias: el mismísimo fiscal general del Estado.

Cuando los artífices de la corrupción no cuentan con la “mordida” que corresponde a los ilustrísimos magistrados, las cosas pueden acabar como ahora están acabando. Ha sido la estúpida codicia, la cortedad mental de creer que podía obviar las comisiones que corresponden a los poderosos sátrapas que conforman la judicatura, lo que ha llevado a Cerdán a la cárcel sin remedio. Pronto veremos que este castigo es más simbólico que real: aunque públicamente sea objeto de escarnio y se le condene al anonimato político durante un tiempo, pronto veremos que sus compinches de afuera, aquellos con los que sí repartió ganancias en su momento, se ocuparán de sacarlo del trullo mucho antes de lo que le corresponda en sentencia… ¿Hay alguien aún que dude de que este país se va irremisiblemente a la mierda?